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Depende de lo que entendamos por "fácil".
Podemos diferenciar entre técnicamente fácil,
físicamente fácil o anímicamente
fácil según midamos cómo haya que
escalar, cuánto haya que esforzarse o cuánto
haya que sufrirlo.
La aparente facilidad técnica que esta montaña
muestra para ser ascendida no debe ser confundida con
que se trate de una "montaña fácil",
y por ello pensar que una ascensión seria pueda
ser reemplazada por un mero trekking. Esta trampa ya
ha cobrado muchas vidas, precisamente porque el Aconcagua
permite que personas inexpertas y mal equipadas puedan
a veces llegar con relativa facilidad a lugares potencialmente
muy peligrosos, sobre la técnicamente sencilla
ruta norte o normal. Las otras rutas, más técnicas,
suman a la dureza propia del ambiente las dificultades
técnicas de la escalada.
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No
en la ruta Norte o Normal. En ese sentido, por la Ruta
Normal, el Aconcagua es una montaña técnicamente
fácil. Sólo caminar cuesta arriba. Pero
en algunos años aparecen neveros duros en el
tramo final, que aconsejan hacer una travesía
cuidadosa por la pendiente. Es allí conveniente
tener un poco de experiencia o contar con un guía.
En las otras rutas sí se encuentran dificultades
diversas de escalada técnica, siendo el Glaciar
Polaco la más moderada. El filo Sudoeste y filo
Sur tienen dificultades muy puntuales en algunos pasos,
caracterizándose por la tremenda soledad, y la
Pared Sur tiene una dificultad extrema.
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No es fácil. Físicamente es un desafío
muy grande. Se debe estar en la mejor forma física,
porque la altitud es muy grande. Y además muy
bien equipado. No es un trekking. El ascenso exige constancia,
esfuerzo contínuo y también cierta velocidad.
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No es tan sencillo, porque si no cualquier persona sana
con tiempo para entrenarse y dinero para equiparse,
podría subir. Y en el Aconcagua han fracasado
muchísimas personas a las que les sobraba tiempo
y dinero. Se requiere una profunda y endurecida motivación
y tenacidad. Los últimos tres días pueden
significar para muchos un notable sufrimiento, que sólo
se puede soportar si los estimula la perspectiva de
superarlo. O se lo puede suprimir abandonando el intento.
Ese es tal vez el momento de tomar la decisión
más importante, no sólo para el éxito
sino tambien para la seguridad.
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No más que cualquier gran montaña. El
peligro intrínseco es fácil de contrarrestar
eligiendo con responsabilidad y disciplina los recursos
para afrontarlo. El problema es que muchos pueden ignorar
o despreciar tales herramientas, y entonces ascender
el Aconcagua se convierte en una aventura en la que,
como ya se dijo, es muy fácil llegar a lugares
potencialmente muy riesgosos para algunos.
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Como ya dijimos, lo básico es buen equipamiento
de alta montaña y entrenamiento físico
inmejorable. Pero ello debe ser dirigido por una motivación
de hierro y completado con experiencia en montaña.
Y todo debe ser evaluado con responsabilidad para que
sea válido.
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Una gran proporción de los accidentes y anécdotas
de esta montaña están ligados a la inexperiencia
de desaprensivos visitantes, lo que ha sido la causa
de innumerables pequeños inconvenientes y grandes
tragedias en el Aconcagua. Dejando de lado aquellos
ligados directamente a la técnica andina, y por
lo tanto a la aptitud técnica del expedicionario,
subsisten algunos problemas típicos que no cesan
de repetirse. Los más frecuentes relacionados
con la inexperiencia son: los extravíos, la dureza
del ambiente, las condiciones meteorológicas
cambiantes, y la persistencia ante el agotamiento o
problemas físicos.
Pero las estadísticas de los últimos 20
años enseñan que esos problemas tienen
una ocurrencia prácticamente nula cuando la expedición
cuenta con la jefatura de un guía de montaña
profesional. Y es muy importante que se trate de un
guía local. Han habido accidentes fatales con
guías extranjeros. Es cierto que lo ideal es
que el Aconcagua sea un paso más antecedido por
otras montañas. Y que tampoco sea el último.
De ese modo la lucha por subirlo tendrá su justa
dimensión, sin ser desmesurada ni signada por
los propios límites ni por la buena suerte. Pero
hoy es posible confiar la parte "administrativa"
de esa lucha a un guía de montaña. Él
tomará las decisiones logísticas y tácticas,
evitará imprevistos y nos pondrá en una
perspectiva relativamente "cómoda"
para luchar. No nos llevará a la cumbre -sólo
nuestras piernas, corazón y cerebro pueden hacerlo-,
pero cargará nuestra arma y será nuestro
escudo en la lucha. De ese modo podremos focalizarnos
más en el objetivo, dejando que sea él
quien nos aporte la experiencia que nos pueda faltar.
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Esa es una cuestión de valores personales. La
cumbre es sólo un nombre para nuestra victoria
o fracaso. Ese nombre bien puede ser el objetivo, pero
la verdadera culminación es regresar a casa con
alegría del desafío cumplido, cualquiera
sea el resultado métrico. Compete al guía
interpretar esos sentimientos y ayudar a realizarlos.
Pero definitivamente la cumbre no es la prioridad del
guía, sino la seguridad. Su arte radica en lograr
los objetivos que se le encomiendan, sin apartarse un
sólo momento de la seguridad. Ese equilibrio
no es ni la seguridad pura -que no existe- ni el éxito
deportivo puro.
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La Dirección de Recursos Naturales Renovables
(DRNR) del Gobierno de Mendoza es quien administra el
Parque Provincial Aconcagua y expide los permisos de
ascensión. En ella existe un registro oficial
de los guías de montaña y trekking que
operan en el Aconcagua, con exigencias fiscalizadas
por la DRNR. No es posible contar con esos standards
para lo guías extranjeros, ya que por las leyes
de migraciones no pueden formalmente trabajar en Argentina.
Estos guías tienen títulos oficiales de
validez provincial dados por la Escuela Provincial de
Guías de Alta Montaña y Trekking, que
son la mayoría, y de validez nacional dados por
la Asociación Argentina de Guías de Montaña
(AAGM), de los que somos unos pocos los radicados en
Mendoza.
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